Como enseñamos a nuestros hijos a usar el dinero

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Nuestros hijos están medrando en un contexto social en el que sus referentes acostumbran a ser los personajes idealizados que han ganado el primer millón de euros ya antes de los treinta años. En alguno de esos casos admiran la habilidad para haberlo conseguido con poco esmero.

Sorprende mucho que en el tema del dinero, en el que tanto los hijos como los progenitores estamos tomando usuales resoluciones, no exista una normativa pedagógica. Veamos 3 usuales situaciones problemáticas que indican esa omisión educativa.

El hijo logra que los progenitores le adquieran lo que ve en los anuncios de T.V

Al hijo no le dura su «paga» en el bolsillo; es inútil de postergar una adquiere y de ahorrar.

En su anhelo o deseo de poder  contar con de más dinero para caprichos costosos realizar apuestas ‘online’ desde su móvil.

Tras esas conductas está la repercusión de un entorno consumista que cifra la dicha en tener cada vez más cosas, lo que requiere ganar todo el dinero que se pueda por un procedimiento simple y veloz. Muchos adultos de el día de hoy estamos transmitiendo a los jóvenes más la ambición de ser ricos en un corto plazo que la pasión por ser una persona letrada y sincera.

En una viñeta humorística de Faro se recoge este diálogo entre un adolescente y su padre (este último está pobremente vestido):

-Papá, si no me compras el Iphone, entraré en un planeta de frustración.

-¡Bienvenido!

El presente culto al dinero que tanto influye en los hijos está relacionado con un fenómeno que el pensador Jesús Arellano llama existencia cosificada: «surge cuando se reduce la persona a cosa; eso es lo que significa en heleno el término ‘porno’, el tratamiento de las personas como cosas. El hombre cosificado se plantea solo sus gustos y sus placeres, y los reduce a dinero. Se oculta tras todo eso».

Nuestros hijos están medrando en un contexto social en el que sus referentes acostumbran a ser los personajes idealizados que han ganado el primer millón de euros ya antes de los treinta años. En alguno de esos casos admiran la habilidad para haberlo conseguido con poco esmero. Un ejemplo: el dueño de un negocio de venta de autos utilizados que engaña a sus clientes del servicio mudando el kilometraje sería «listo», al tiempo que un trabajador honrado «mileurista» que trabaja diez horas al día sería un «pringao».

Está retornando la figura del zorrillo, mas sin los motivos y la ‘grandeza’ original. Ya antes eran «pobres diablos», antihéroes pertenecientes a un estrato social bajísimo que procuraban sencillamente comer día tras día utilizando (mal) su ingenio. En cambio, el zorrillo actual es un criminal de cuello blanco que no precisa tener ingenio y que es movido no por el apetito, sino más bien por la avaricia. La picaresca del Lazarillo de Tormes es un juego inocente equiparada con la de un corrupto.

Christiane Collange, una cronista francesa, mienta la picaresca de sus hijos adolescentes para sacarles dinero a sus padres:

El síndrome del «¿tienes veinte euros » repetido con cierta frecuencia.

Inventarse deudas a fin de que las paguen los progenitores.

Solicitar «préstamos» a los progenitores sin el propósito de devolverlos.

Solicitar dinero para algo preciso y desviarlo cara algún capricho.

Urge enseñar a los hijos para prevenir comportamientos inapropiados, mas asimismo para emplear el dinero como medio educativo de cara al desarrollo de ciertas virtudes humanas. El buen empleo del dinero puede hacer a los adolescentes más responsables, pacientes, solidarios y espléndidos. En nuestros días es muy preciso enseñarles la virtud de la honestidad. Para esto sugiero aprovechar las ocasiones que se presentan para charlar con los hijos de esa virtud, como, por servirnos de un ejemplo las 3 siguientes:

La prensa notifica de que una persona halló una cartera con mucho dinero y seguidamente la devolvió, pese a estar muy necesitada.

Descubrimos que un hijo hace trampas en el juego.

Tras una contienda con su hermano, un pequeño reconoce que la culpa fue suya y le solicita perdón.

Una meta básico en la educación económica de los hijos es que aprendan a regentar su dinero de bolsillo: que gasten solo lo necesario; que no adquieran de forma compulsiva; que valoren diferentes ofertas y equiparen costes ya antes de adquirir.

Resulta conveniente que la asignación de los progenitores sea fija. La «paga» periódica acostumbra a ser la primera experiencia de independencia financiera. Con ella van a aprender que el dinero no es ilimitado, que cada vez solo se dispone de una cierta cantidad, que no se puede adquirir todo cuanto se quiere.

Desde cierta edad, es recomendable que los progenitores notifiquen a sus hijos sobre el presupuesto familiar, a fin de que valoren más lo que reciben y no sean antojadizos. Asimismo es muy formativo que los hijos visiten entornos con personas que lo pasan muy mal y tengan detalles de caridad con ellos (ancianos en asilos, pequeños en orfanatos, personas sin techo o bien en cobijes, etc.).

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